
Primer asalto: Juan Bernier, el hilo del silencio
Cien años más tarde volvían a cobrar vida lo amargo y lo silencioso de los versos de Juan Bernier en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras. Con el ciclo 'Juan Bernier, la mirada del siglo', volvíamos a las cátedras de las que hacen amar la poesía un viernes por la tarde en esas horas impestuosas en las que el cansancio de toda la semana comienza a venirse encima. Contra el cansancio, queda el silencio. El silencio de la poesía de Juan Bernier parecía inundar la sala para configurar una atmósfera íntima. El silencio. Con Juan Bernier hay que leer también el silencio, porque él sigue la premisa de Machado de "mi escribir es no escribir" y en la ausencia está el desgarro, también el rugido. Un silencio "cosmovisionario", que lo denomina el profesor José Luis Bernal, ahora que todo es tan cosmo, al igual que la antología "Poesía en seis tiempos".
El peso leve del silencio. A lo lejos se escuchaba un eco cernudiano. También parecía intuirse, incluso, a Borges. El profesor Bernal trataba de lidiar con "la palabra amarga y dura como la vida" para ahondar en la exclusión del paraíso, en la distancia del deseo. La cadencia de su voz delicada, su tono templado de día soleado, contribuía a acrecentar la expectación del público. El silencio latente en los versos de Juan Bernier tomaba forma y penetraba en las pupilas de los que ocupaban las butacas. Cuando el silencio se aclaraba, se atisbaban a través de las cortinas los restos de un sol que amenzaba con marcharse ya. Aún se escuchaban los pájaros. La 'charla en seis tiempos' terminó siéndolo en dos, quizás tres.
El peso leve del silencio. A lo lejos se escuchaba un eco cernudiano. También parecía intuirse, incluso, a Borges. El profesor Bernal trataba de lidiar con "la palabra amarga y dura como la vida" para ahondar en la exclusión del paraíso, en la distancia del deseo. La cadencia de su voz delicada, su tono templado de día soleado, contribuía a acrecentar la expectación del público. El silencio latente en los versos de Juan Bernier tomaba forma y penetraba en las pupilas de los que ocupaban las butacas. Cuando el silencio se aclaraba, se atisbaban a través de las cortinas los restos de un sol que amenzaba con marcharse ya. Aún se escuchaban los pájaros. La 'charla en seis tiempos' terminó siéndolo en dos, quizás tres.
"He lamentado no conocer a Juan Bernier y no poder aprovecharme de su silencio", sentenciaba el profesor Bernal. El clima íntimo, la templanza a la que invitaba la sala, crearon una sensación de 'estar en familia', propicia para estallar en carcajadas ante la siguiente frase que brotó de Carlos Clementson desde el público: "La literatura es como la blusa: los balones suben y bajan". El viernes por la tarde en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, los balones subían. Los versos de Juan Bernier, desde la quietud de aquel a quien se le reconoce verdaderamente su obra un siglo más tarde, recorrían la Judería y subían las escaleras hasta deparar en una cátedra de las de siempre. Y así prosiguió la tarde, escuchando pacientes a otros grandes maestros de los de hoy: Julio Neira, Pedro Ruiz, Ignacio García Aguilar y Carlos Clementson, que fueron lanzando pinceladas con las que componer el retrato y la poética de Juan Bernier.
Segundo asalto: La genialidad de los artistas de hoy al servicio de la poesía de los maestros


El Centro de Arte Pepe Espaliú pide que todos nos hagamos peregrinos. Nos deja abiertas sus puertas. Pasen y experimenten.
Tercer asalto: El embrujo encerrado en un teatro

'Bienvenidos al Gran Teatro de Córdoba.' Y sonaba la musiquilla que anunciaba que el espectáculo estaba a punto de comenzar. José Menese y Antonio Carrión daban los primeros pasos en un escenario desnudo, sin adornos. Dos sillas de las de siempre, de las de nea, para dos grandes maestros que embriagaron al público casi antes de comenzar. Ya les precedía el respeto. Luego quedó el fervor.
José Menese pensó que la mejor forma de saludar a Córdoba era con un romance de Luis de Góngora. Los oídos lo aclamaron. La luz se abría en lo escueto de la escena para reivindicar la poesía hecha dedos contra las cuerdas vocales y contra las cuerdas de una guitarra. A menudo irrumpían los aplausos antes de que se hiciera el silencio en el micrófono. También los 'olé, maestro' que el público grita a los cantaores grandes que hacen que la piel vibre, ya sea a pie de butaca, de palco, de platea, en un teatro a rebosar, con la circulación sanguínea ocular detenida al borde del escenario. Antonio Carrión parecía hacer poesía con las manos sobre la guitarra. Las caricias se veían. Supongo que sería el embrujo, el revivir de las raíces del sur, el 'vivimos como en volandas' en la voz a punto de desprenderse del cuerpo de José Menese. Con tan sólo chacar los dedos, José Menese parecía partir el aire. La mano en el pecho se volvía un gesto de honestidad, de compromiso, y su 'gracias' era un 'gracias' mnodesto ante los aclamos y halagos del público.
Fue a cambiarse de camisa. El blanco por negro; la guitarra como el silencio de una voz. Bromeó acerca de sus dolencias de huesos (la reciente rotura del húmero) y habló de las escuelas, de la influencia de los mestros y de que, pese a eso, él se hizo a sí mismo.
"Córdoba romana y mora, Córdoba callada, que nos veamos pronto, un beso". Y José Menese y José Carrión se cogieron de la mano y se acercaron al borde del escenario. El público se levantó. Creo que no cabían más aplausos en el Gran Teatro.
José Menese pensó que la mejor forma de saludar a Córdoba era con un romance de Luis de Góngora. Los oídos lo aclamaron. La luz se abría en lo escueto de la escena para reivindicar la poesía hecha dedos contra las cuerdas vocales y contra las cuerdas de una guitarra. A menudo irrumpían los aplausos antes de que se hiciera el silencio en el micrófono. También los 'olé, maestro' que el público grita a los cantaores grandes que hacen que la piel vibre, ya sea a pie de butaca, de palco, de platea, en un teatro a rebosar, con la circulación sanguínea ocular detenida al borde del escenario. Antonio Carrión parecía hacer poesía con las manos sobre la guitarra. Las caricias se veían. Supongo que sería el embrujo, el revivir de las raíces del sur, el 'vivimos como en volandas' en la voz a punto de desprenderse del cuerpo de José Menese. Con tan sólo chacar los dedos, José Menese parecía partir el aire. La mano en el pecho se volvía un gesto de honestidad, de compromiso, y su 'gracias' era un 'gracias' mnodesto ante los aclamos y halagos del público.
Fue a cambiarse de camisa. El blanco por negro; la guitarra como el silencio de una voz. Bromeó acerca de sus dolencias de huesos (la reciente rotura del húmero) y habló de las escuelas, de la influencia de los mestros y de que, pese a eso, él se hizo a sí mismo.
"Córdoba romana y mora, Córdoba callada, que nos veamos pronto, un beso". Y José Menese y José Carrión se cogieron de la mano y se acercaron al borde del escenario. El público se levantó. Creo que no cabían más aplausos en el Gran Teatro.
Cuarto asalto: El después
Los círculos de las Soledades pululaban por la nocturnidad cordobesa.
Se brinda por los maestros.Los círculos de las Soledades pululaban por la nocturnidad cordobesa.
Galatea
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