
Todos ellos conformaban Venus Track, un montaje intimista, fresco, sin imposturas, dirigido a 'mis queridos poetas de la aldea global'. Y es que, donde Carmen dijo audiencia, dijo ausencia. Perfiló toda una poética de la ausencia en primera persona, porque el fin del mundo también acontece en singular en cualquier momento.
'Eva entra en la tierra removida'; el amante número 7 se ducha en casa y las cremalleras se atrancan. El amor no entiende de coches, de descapotables, o tal vez sí. Los desamores son siempre sindicalistas.
Carmen y Raquel caminan juntas por el escenario, de espaldas. Y luego divergen. La precisión del juego de luces acompañaba a la voz y el cuerpo. No puede decirse que el sonido fallara en ningún momento. Hubo un cuidado técnico exquisito, un logro añadido de esos espectáculos de vanguardia que son honestos, que parten de un compromiso con la poesía, que brillan con las luces apagadas.
'No sé si debo profanar poetizando el silencio', sentencia Carmen, mientras el corazón bombea al ritmo de la percusión y el cuerpo se agita con el movimiento de un vestido. Al borde de la silla, algo se despierta: un sentimiento que reconforta. 'Hoy es esto' y a continuación el gesto andaluz más bello: se abre un abanico rojo.
En el sur, donde la flor de loto son los naranjos, Carmen, Raquel, Javier y Mariano demuestran que, sin apenas adornos, sin necesidad de ningún recurso grandilocuente, se puede ofrecer una propuesta de calidad con la que llevar la palabra a escena.
Si había que quedarse con algo de su Venus-track, Carmen y Raquel invitaron a que fuera estos dos últimos versos:
"Amor con amor se paga.
Interesante ajuste de cuentas".
Por fin llegaba el erotismo a la Sala Orive como tenía que llegar: con pantalones y camiseta oscura, con ropa de calle, con los versos de andar por casa. El bonus track de la noche del viernes.
Galatea
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