domingo, 10 de abril de 2011

El último verso

Sí. Había llegado el momento y aún no terminábamos de creernoslo. Eran las ocho de la tarde del 10 de abril y Marta Jiménez nos adelantaba lo ya evidente: que la lluvia de versos del último mes tocaba a su fin, que se acercaba el momento de poner el último verso. El hombre del paraguas estaba allí, como absorto, en el Alcázar de los Reyes Cristianos, abarrotado, presenciando la escena, disfrutando de la última gota de lluvia de un día soleado de la mano de la poesía de Coral Bracho, Charles Simic, Pilar Paz Pasamar, Cees Nooteboom y José Manuel Caballero Bonald.

"Esto que ves aquí no es. Alguien te oculta una pieza. Es el fragmento que da el dentido", se escucha en la voz de Coral Bracho. Por muchos fragmentos que intentemos recomponer, nunca se podrán materializar el sentido de todos estos días tan cósmicos, tan poéticos, en un acto. Coral nos devuelve algunos retazos de ella, de los caballos del caos, de su polvo de estrellas, del agua de medusas... Y "que caiga esa lluvia fina (...) que caiga sobre los muros, que los vaya borrando". A esas alturas, a Córdoba le quedan pocos excelsos muros, así, a lo gongorino, que no estén cubiertos de poesía.

Después pasábamos a las fábricas de máquinas desaparecidas, sin obreros, donde sólo quedaba una silla, la de Charles Simic, a cuyos poemas ponía voz en español Carlos Pardo a través de las traducciones de Martín López Vega. "Está tan oscuro que el fin del mundo debe de andar cerca", escuchamos. No tanto el fin del mundo pero... "Es que hay cosas en el mundo definitivamente indefensas" ¿Es la poesía una de ellas? De serlo, seguro que Cosmopoética se ha encargado de darle un poco más de valentía. "Queridos espectros, no me creo que estéis aquí". Sí, allí permanecíamos, atentos, ansiosos en parte.

Para Pilar Paz Pasamar, la poesía es ese sexto sentido que completa a los otros cinco. Es risueña, cariñosa, una mujer del sur, cálida, que celebra los encuentros con los amigos, que rinde homenaje a Góngora y a Córdoba, ciudad a la que tantos versos ha dedicado. Antes de comenzar con su lectura de poemas, pedía un aplauso para José Manuel Caballero Bonald: "Este senor se merece un aplauso porque yo le voy a dar un abrazo ahora mismo". Ella, que es una niña de posguerra, nos advierte que "al mar pequeño se va cantando".

Cees Nooteboom considera que cuando se lee poesía, no hay idioma en la que ésta no suene bien. Lo habíamos comprobado a lo largo de estos días. Él simplemente iba a aportar su pequeño trocito con versos en holandés. "Dios habla en holandés", bromea acerca de su poema "La primera foto de Dios". "La retórica del agua estalla sobre el dogma de piedras (...) Sólo el poeta sabe cómo acaba", concluía.

Finalmente llegaba el turno de José Manuel Caballero Bonald, invitado por primera vez a Cosmopoética. Marta Jiménez lo indicaba y le daba la bienvenida con un "ésta es su casa". Él comenzaba su intervención señalando que se iba a limitar simplemente a leer sus poemas, sin explicar nada acerca de ellos, para aprovechar el tiempo de que disponía, porque "no sé si es mejor pero es preferible". Todos cazamos el dardo al viento, "cosas así de simples y de soberbias", que podríamos decir recurriendo a uno de sus versos. Tras unos cuantos poemas, "una sombra cruzándose en la noche con mi sombra", y los aplausos.

Antes de que el último reducto cósmico y primaveral se disolviera, el alcade de la ciudad, Andrés Ocaña, dirigía a los allí congregados unas palabras. Hacía alusión a la estrecha relación entre Córdoba y la poesía y, lo más importante, daba las gracias y la enhorabuena a los 54 autores de 17 países diferentes que habían formado parte del cartel de Cosmopoética, a la organización, por su profesionalidad y su cariño -palabras muy acertadas- y a la ciudadanía cordobesa.

Abrazos, intercambios de miradas, choques de manos y guiños se sucedieron durante su intervención, porque tan sólo había dos reacciones posibles ante la inminente clausura: la de los que valoraban el éxito del festival, que alcanzaba entonces su punto culmen, y la de aquellos que lo veían desde dentro, que habían estado trabajando a pie de acto, aun antes de que los distintos proyectos tomaran forma, aquellos que habían sido Cosmopoética día a día. Por la cabeza de todos estos últimos pasó algo así como '¡lo hemos conseguido!', salpicado una intuida nostalgia por su ausencia.

Aplaudimos todos. Todos celebrábamos una edición más de Cosmopoética. El hombre del paraguas se abrochaba la gabardina.

Galatea