domingo, 10 de abril de 2011

Una lectura ligera

Puntual, la poesía se hizo ágil, porque el sol apretaba y no había suficientes sillas a la sombra. La poesía se hizo ágil, ligera, fluida, pero no por ello perdió su poso. En realidad, todo comenzó siendo la 'historia de una sombrilla', que no terminaba de hacerse un hueco en el escenario, que creaba una realidad paralela, tremendamente cómica.

Fotografía: Lola Araque

En un espacio cargado de historia, con grandes nombres poéticos a sus espaldas, como es la Posada del Potro, el público se arremolinaba, se colocaba por las esquinas, en el piso superior, esquivando el sol. Si uno conseguía hacerse con un huequito, se daba cuenta de que pronto desaparecía el calor y un aire fresco se colaba por entre las piernas hasta rozar los brazos.

Fotografía: Lola Araque

A una presentación exquisita, precisa a la par que emotiva, a cargo de Bernardo Ríos le sucedía la voz de Matilde Cabello, que presentaba la poesía como inventario del tiempo. Ella nos traía las experiencias de todos a través de su singular. Se materializaba entonces la infancia, la llegada del amor... Con la franqueza de quien sabe que "todo es regreso", sentenciaba: "ya sabemos que los poetas somos mú mentirosos". Sí, pero ella sólo perfilaba una búsqueda de su verdad. 'La tierra oscura' la llevó a reencontrarse con la infancia para tomar una decisión de ruptura y volverse a encontrar a sí misma entonces, sin gafas de sol, sin desvelos por la noche. Con la cadencia de esa voz que se vuelve confidente, Matilde precisa: "Hoy habito el desorden".

"Vengo del sur y soy la pulpa o la soledad de un fruto". Así comenzaba Juan Carlos Abril, con su camisa morada y sus gafas de sol oscuras. "Para ser feliz hay que sentir el mundo con su estómago vacío", "somos una canción inacabada", resuena entre el blanco de las paredes y las flores de alrededor. Juan Carlos comentaba que después de un tiempo sin escribir, por fin había vuelto a ponerse a ello. El resultado había sido "Sobre la herida", un poema que dedicaba a su amigo Carlos Pardo, "amigos de nuestra herida", "esa cápsula de confianza".

Fotografía: Lola Araque

Bernardo Ríos presentaba la poesía de Maram al-Masri a medio camino entre la tradición poética árabe y la tradición lírica de la modernidad europea. Maram, que parece salida de un cuento de 'Las mil y una noches', considera que "la poesía debería ser comprensible para todo el mundo pero es un sueño (...), un sueño del alma" (por fin alguien cuerdo, pensamos algunos). Toda la belleza y la sensualidad de Oriente se concentraban en su inspirar antes de comenzar a leer. "¿Qué me hace sinceramente hermosa?", se pregunta. Mira al público, inclina ligeramete la cabeza y deja salir las sílabas poco a poco: "Una mujer en la celebraxión de su pasión alborota con los ángeles de un hombre", para después sentenciar: "cada vez que un hombre me abandona me vuelvo más hermosa". Sí, Maram es tremendamente hermosa.

Entre una lectura y otra se colaba la noticia grandiosa de que le habían concedido el Premio de la Crítica a la cordobesa Juana Castro. Ana Mª Moix, la última de aquellos novísimos, felicitó a Juana y la calificó como "una gran compañera, mujer de corazón inconmensurable". Y es que, muy acertadamente, Ana Mª Moix dice: "No creo en la inteligencia, creo en la bondad. Creo que hay que ser muy inteligente para ser buena persona". No podía haber mayor verdad en boca de quien considera que literatura y vida son inseparables. "Quiero establecerme en el sur y ver pasar las tinieblas", se escucha en la voz de Ana Mª.

Antes de finalizar esta lectura ágil bajo el sol, Mircea Cặrtặrescu comentaba lo contento que estaba de estar en Córdoba. Nunca antes había estado en España pero creía que, si eran así todas las ciudades, el país entero debía de ser un paraíso. Ante semejante afirmación, un espontáneo comenzó a aplaudir, pero el público no secundó la inicitiva. Mircea nos habló de su amor por Nathalie Wood y de esa moto aparacada bajo las estrellas que se siente sola y tiene sed de amor, porque s eha pasado toda la vida ayudando a otros a hacer el amor y ahora sus cilindros laten con locura.

"Bueno, pues, es hora de una cerveza o dos", se despedía Bernardo Ríos.
'Pues eso', pensamos todos.


Galatea


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